Simone de Beauvior, Memorias de una joven formal

“Psicología, lógica, moral, metafísica: el abate Trécourt liquidaba el programa a razón de cuatro horas semanales. Se limitaba a devolvernos nuestras disertaciones, a hacernos dictados, a hacernos recitar la lección aprendida en nuestro manual. A propósito de cada problema, el autor, el reverendo padre Lahr, hacía un rápido inventario de los errores humanos y nos enseñaba la verdad según santo Tomás. El abate no se complicaba tampoco con sutilezas. Para refutar el idealismo, ponía la evidencia del tacto a las posibles ilusiones de la vista; golpeaba sobre la mesa declarando: "Lo que es, es". Las lecturas que nos indicaba carecían de sal; eran La atención de Ribot, La psicología de las masas de Gustave Lebon, las ideas-fuerza de Fouillée. Sin embargo, yo me apasionaba. Volvía a encontrar, tratados por señores serios en los libros, los problemas que habían intrigado mi infancia; de pronto, el mundo de los adultos no se deslizaba sin tropiezos: había un anverso, un revés, la duda entraba; forzando un poco, ¿qué quedaría? No se forzaba mucho, pero ya era bastante extraordinario, después de doce años de dogmatismo, una disciplina que planteara interrogantes y que me las planteara a mí. Pues era yo, a la que siempre habían hablado de lugares comunes, la que de pronto se encontraba puesta en cuestión. ¿De dónde salía mi conciencia? ¿De dónde sacaba sus poderes? […] Lo que sobre todo me atrajo en la filosofía fue que suponía que iba derecho a lo esencial. Nunca me habían gustado los detalles, veía el sentido global de las cosas más que sus singularidades y prefería comprender a ver; yo siempre había deseado conocerlo todo; la filosofía me permitiría alcanzar ese deseo, pues apuntaba a la totalidad de lo real; se instalaba enseguida en su corazón y me revelaba, en vez de un decepcionante torbellino de hechos o de leyes empíricas un orden, una razón, una necesidad. Ciencias, literatura, todas las otras disciplinas me parecieron parientes pobres. […] Las mujeres que tenían un diploma o un doctorado de filosofía se contaban con los dedos de una mano: yo deseaba ser una de esas precursoras. Prácticamente la única carrera que esos diplomas me abrirían sería la enseñanza: no tenía nada en contra. Mi padre no se opuso a ese proyecto, pero se negaba a dejarme buscar lecciones: tendría un puesto en un liceo. ¿Por qué no? Esa solución satisfacía mi gusto de la prudencia. Mi madre informó tímidamente a las señoritas y sus rostros se congelaron. Habían empleado sus existencias en combatir el laicismo y no hacían ninguna diferencia entre un establecimiento de Estado y una casa de tolerancia. Además, explicaron a mi madre que la filosofía corroía mortalmente las almas; en un año de Sorbona, yo perdería mi fe y mis buenas costumbres. Mamá se inquietó. Como la licencia clásica ofrecía, según papá, más posibilidades, como quizá le permitieran a Zaza preparar algunos certificados, acepté sacrificar la filosofía a las letras. Pero mantuve mi decisión de enseñar en un liceo. ¡Qué escándalo! Once años de cuidados, de sermones, de adoctrinarme asiduamente ¡y mordía la mano que me había alimentado! En las miradas de mis educadoras leía con indiferencia mi ingratitud, mi indignidad, mi traición: Satanás me había conquistado”. (Simone de Beauvior, Memorias de una joven formal).

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